La fallida tregua de Pascua Ortodoxa: miles de violaciones y un canje de prisioneros
Una tregua acordada para la Pascua Ortodoxa fue violada miles de veces en las primeras horas, con mutuas acusaciones entre Rusia y Ucrania, mientras un canje humanitario de 350 prisioneros ofreció un paréntesis de cooperación.

El alto el fuego acordado para la Pascua Ortodoxa entró en vigor el sábado al caer la tarde, pero apenas 38 minutos después las sirenas antiaéreas volvieron a escucharse en Járkov. La breve pausa, que debía durar hasta el lunes para ofrecer un respiro a la población tras más de cuatro años de invasión a gran escala, se desintegró casi de inmediato en un intercambio de acusaciones que refleja la profunda desconfianza entre Moscú y Kiev. Para la mañana del domingo, ambos bandos contabilizaban miles de violaciones, aunque sin recurrir a misiles de largo alcance ni bombas guiadas, lo que sugirió una contención relativa dentro del caos.
Desde Kiev, el Estado Mayor ucraniano denunció 2.299 infracciones, entre ellas 28 acciones de asalto, 479 bombardeos y más de mil ataques con drones, tanto de ataque como suicidas. El presidente Volodímir Zelenski advirtió que sus fuerzas responderían “de forma simétrica” a cualquier agresión y manifestó su esperanza de que la tregua pudiera prolongarse para facilitar un proceso de paz. En paralelo, el Ministerio de Defensa ruso contabilizó 1.971 violaciones atribuidas a unidades ucranianas, incluyendo tres intentos de contraataque en la región de Dnipropetrovsk. Las cifras casi simétricas de ambos cuarteles revelan un campo de batalla donde el cese de hostilidades no llegó a materializarse realmente, y donde cada parte utilizó los datos para reforzar su propia narrativa de incumplimiento ajeno.
En contraste con la fragilidad del armisticio, un episodio de cooperación humanitaria se materializó durante el fin de semana cuando Rusia y Ucrania canjearon 350 prisioneros de guerra, 175 por cada bando, con la mediación de los Emiratos Árabes Unidos. Los combatientes rusos fueron trasladados a Bielorrusia para recibir asistencia médica y psicológica, mientras que Kiev entregó además a siete civiles de la región de Kursk que permanecían en poder de fuerzas ucranianas. Paralelamente, se acordó la devolución de cuerpos: mil soldados ucranianos por 41 rusos. La participación de un mediador del Golfo Pérsico subraya el rol que actores externos juegan para mantener ciertos canales humanitarios abiertos, incluso cuando la diplomacia estructural está estancada.
Desde la óptica de América Latina y España, estas noticias se siguen con la cautela de quien observa una guerra de desgaste sin final previsible. La facilidad con que se rompió una tregua simbólica refuerza la percepción de que cualquier alto el fuego carece de mecanismos de verificación efectivos, mientras que el canje de prisioneros demuestra que los intereses humanitarios puntuales aún pueden prosperar. La yuxtaposición del fracaso de la paz simbólica con el éxito de la gestión humanitaria ofrece un retrato descarnado del conflicto: se negocia para recuperar a los caídos y a los cautivos, pero no para callar las armas.
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