La Casa Blanca avanza con su salón de baile bajo el paraguas de la seguridad y blinda sus archivos históricos
Un tribunal de apelaciones permite continuar las obras del nuevo salón de baile de la Casa Blanca hasta el 17 de abril, mientras el Departamento de Justicia emite una opinión que facilitaría a los presidentes retener documentos oficiales como privados, revirtiendo décadas de transparencia.

La construcción del nuevo salón de baile de la Casa Blanca, un proyecto neoclásico valorado en 400 millones de dólares impulsado por el presidente Donald Trump, podrá proseguir al menos hasta el 17 de abril. Así lo decidió un panel de tres jueces del Tribunal de Apelaciones del Circuito de DC, que extendió la suspensión de una orden judicial inferior que había paralizado las obras el 31 de marzo por falta de aprobación del Congreso. El tribunal de apelaciones argumentó que carecía de información suficiente para determinar si detener el proyecto comprometería la seguridad del presidente, su familia o el personal de la residencia ejecutiva, y devolvió el caso al juez de distrito para que reconsidere esas implicaciones de seguridad nacional.
El fallo, adoptado por dos votos a favor y uno en contra, mantiene vivo el pulso legal entre la administración Trump y la organización National Trust for Historic Preservation, que demanda la paralización definitiva de las obras en el Ala Este. Mientras los abogados de la Casa Blanca insisten en que la interrupción de los trabajos crearía vulnerabilidades críticas, la entidad conservacionista alega que el proyecto viola la separación de poderes al esquivar la autorización legislativa. La pausa otorgada por el tribunal de apelaciones brinda tiempo para que el gobierno evalúe incluso una apelación ante el Tribunal Supremo, en un caso que entrelaza estética arquitectónica con prerrogativas ejecutivas extremas.
De forma paralela, el Departamento de Justicia ha emitido una opinión legal que, según analistas en Washington, podría vaciar de contenido la Ley de Archivos Presidenciales aprobada tras el escándalo Watergate. La Oficina de Asesoría Jurídica sostiene que los presidentes pueden designar unilateralmente registros oficiales como documentos personales, eliminando la obligación de hacerlos públicos transcurridos doce años. Esa reinterpretación, adelantada por el fiscal general, permitiría blindar conversaciones privadas en el Despacho Oval, justo cuando crece la presión para conocer los debates internos sobre decisiones polémicas de política exterior.
Desde la óptica de Bruselas y Madrid, la coincidencia de ambos movimientos —las obras del salón de baile protegidas por argumentos de seguridad y la ofensiva para opacar los archivos presidenciales— refuerza la percepción de una deriva hacia un ejecutivo cada vez menos fiscalizable. Analistas en Ciudad de México señalan que la combinación de proyectos fastuosos con reinterpretaciones legales maximalistas recuerda a tácticas de blindaje utilizadas por gobiernos de corte iliberal. El desenlace de ambas controversias, aún incierto, pondrá a prueba los diques institucionales que limitan la opacidad en la democracia estadounidense y alimentará el debate global sobre la erosión de la transparencia gubernamental.
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