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El prorruso Radev arrasa en Bulgaria y refuerza el eje euroescéptico en la UE

Con mayoría absoluta, el ex presidente Rumen Radev capitaliza el hartazgo anticorrupción en la octava elección en cinco años, mientras Hungría bloquea ayuda a Kiev con el petróleo como moneda de cambio.

Geopolítica5 medios4 idiomas3 min de lecturaActualizado 08:01

La octava cita electoral en Bulgaria desde 2021 ha dado un vuelco al tablero político. Con un 44% de los votos y una mayoría absoluta de al menos 129 escaños en el Parlamento unicameral de 240, la coalición “Bulgaria Progresista”, liderada por el ex presidente Rumen Radev, se impuso de forma arrolladora al conservador GERB de Boyko Borissov, que sufrió un colapso histórico. Radev, antiguo piloto de combate que dimitió de la jefatura del Estado en enero para aspirar al cargo de primer ministro, ha sabido capitalizar el profundo descontento ciudadano con la corrupción y la inestabilidad crónica, impulsado por una millonaria campaña en redes sociales y un discurso que combina euroescepticismo, rechazo a las sanciones contra Rusia y oposición al envío de armas a Ucrania.

El triunfo de Radev en Sofía no es un hecho aislado. Casi en paralelo, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, condicionó el desbloqueo de un crédito de la UE por 90.000 millones de euros para Ucrania a la reanudación del bombeo de crudo ruso a través del oleoducto Druzhba, interrumpido —según Kiev— por daños causados por ataques rusos. “No hay petróleo, no hay dinero”, escribió Orbán en sus redes, evidenciando una estrategia de presión que, junto a la victoria búlgara, dibuja un arco de fuerzas prorrusas en el flanco oriental de la Unión que amenaza con erosionar el consenso comunitario sobre la guerra.

Desde la óptica de Bruselas, la llegada de Radev al poder en el país más pobre de la UE enciende todas las alarmas: un socio que, sin cuestionar formalmente la pertenencia al bloque, se declara partidario de unas “relaciones pragmáticas” con Moscú y critica abiertamente las estructuras europeas. Analistas en Madrid y en capitales latinoamericanas observan el fenómeno como un síntoma del cansancio occidental ante una guerra prolongada y del desgaste de los partidos tradicionales. En Moscú, en cambio, se interpreta como la constatación de que el espacio postsoviético sigue ofreciendo oportunidades para debilitar la cohesión europea.

Hacia adelante, la mayoría absoluta concede a Radev un mandato inédito para romper el ciclo de gobiernos frágiles y efímeros, pero al mismo tiempo inaugura una fase de incertidumbre geopolítica. El nuevo primer ministro deberá conjugar sus promesas de mano dura contra la corrupción con la necesidad de mantener el flujo de fondos europeos, vital para la economía búlgara. La pregunta que sobrevuela la capital búlgara es si su retórica prorrusa se traducirá en bloqueos efectivos a las decisiones de la Unión —al estilo Orbán— o si, como en otras ocasiones, la realpolitik y la dependencia económica acabarán moderando sus posturas. Lo que parece claro es que el eje euroescéptico suma un nuevo y decisivo capítulo.

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