La fiscalía examina las declaraciones de E. Jean Carroll, pero aclara que no es blanco penal
El Departamento de Justicia de EE UU inició una pesquisa sobre el financiamiento de las demandas de la escritora contra Trump. Aunque ella no es investigada, sus declaraciones bajo juramento son analizadas en el marco de otro caso.

La mayor novedad en el caso que enfrenta a E. Jean Carroll con el presidente Donald Trump no fue el anuncio de una investigación penal, sino la precisión que llegó horas después. Andrew Boutros, fiscal federal del Distrito Norte de Illinois nombrado por Trump, aclaró en un comunicado que la escritora «no es el objetivo de una investigación criminal». Lo que la fiscalía examina, en realidad, es el testimonio que Carroll ofreció sobre el origen de los fondos con que sufragó sus litigios civiles, en el contexto de una pesquisa paralela sobre una organización sin fines de lucro vinculada al multimillonario demócrata Reid Hoffman, quien financió parte de sus gastos legales.
Esta puntualización desinfló el relato inicial —difundido por medios estadounidenses e inmediatamente replicado en Europa— que sugería una causa por perjurio directamente contra la excolumnista. Carroll había logrado veredictos que condenaron a Trump a pagar más de 88 millones de dólares por abuso sexual y difamación, tras denunciarlo por una agresión en los probadores de una tienda neoyorquina en los años noventa. El expresidente siempre negó los hechos y la insultó reiteradamente, lo que originó los procesos por difamación. La revelación de que Hoffman, cofundador de LinkedIn y donante demócrata, ayudó a costear las demandas de Carroll abrió un nuevo flanco: el posible uso político de la financiación externa en causas judiciales de alto perfil.
Desde la óptica de Bruselas y Madrid, la noticia fue leída de inmediato como un capítulo más en la política de revancha emprendida por la administración Trump. La prensa española habló de «la venganza del poder», mientras que medios alemanes e italianos subrayaron la instrumentalización del Departamento de Justicia contra una víctima que osó denunciar al mandatario. En contraste, la cobertura rusa se limitó a un reporte factual, sin editorializar, reflejo de una tradición mediática más cautelosa respecto a los asuntos judiciales de Washington. Analistas en Ciudad de México señalan que el episodio recuerda las tácticas de “lawfare” que han marcado a varias democracias latinoamericanas, donde los tribunales se convierten en arenas de disputa política entre élites.
La investigación sobre la entidad de Hoffman, y por arrastre sobre los dichos de Carroll, promete mantener el caso en el centro del debate público. Aunque la aclaración de Boutros mitiga por ahora el fantasma de una imputación penal directa contra la periodista, la sombra de una represalia institucional persiste. Para los críticos de Trump, el episodio confirma un patrón de acecho a adversarios mediante resortes ministeriales; para sus partidarios, se trata de un escrutinio legítimo sobre presuntos vicios en la financiación de litigios politizados. La controversia, lejos de cerrarse, alimentará la polarización sobre el Estado de derecho en la era Trump.
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