La cumbre progresista de Barcelona propone impuestos a los ultrarricos para frenar al populismo
Los líderes reunidos defendieron gravar las grandes fortunas y limitar el negocio con los servicios públicos, en un encuentro marcado por la crisis venezolana y las críticas por polarizar el debate.

En un escenario de crisis económicas encadenadas —desde la pandemia hasta la actual tensión inflacionaria—, la cumbre progresista celebrada en Barcelona ha puesto sobre la mesa una receta fiscal para combatir el descontento social que alimenta los populismos: un impuesto a las grandes fortunas y límites a los negocios con los servicios públicos. La propuesta, defendida por los líderes socialistas europeos, busca corregir la desigualdad creciente que, según los análisis, ha erosionado la confianza ciudadana en las instituciones.
Sin embargo, la reunión, que congregó al presidente español Pedro Sánchez, a los mandatarios brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, colombiano Gustavo Petro y a la mexicana Claudia Sheinbaum, evidenció profundas disonancias en el bloque progresista. Las declaraciones de Lula y Petro —quienes insistieron en respetar las decisiones soberanas de Venezuela— fueron interpretadas como un agravio a la líder opositora María Corina Machado. Mientras el Ayuntamiento de Madrid le entregaba la Llave de Oro de la capital en reconocimiento a su lucha democrática, el Gobierno de Sánchez le ofreció un encuentro que ella no consideró oportuno, desatando un cruce de acusaciones que subrayó la ambigüedad de la izquierda ante la crisis venezolana.
Desde la perspectiva latinoamericana, la asistencia de Sheinbaum marcó un intento por recuperar presencia en los foros multilaterales y reposicionar a México tras años de repliegue. Analistas en Ciudad de México observaron que su participación simboliza el reacomodo global de los progresismos, en un momento en que Europa busca aliados para contrarrestar el avance de fuerzas iliberales. Paralelamente, la cumbre fue leída por algunos sectores como un ejercicio de coordinación frente a desafíos como la gobernanza internacional y las crisis sociales.
Con todo, desde la óptica editorial europea no han faltado voces críticas. Se advierte que este tipo de encuentros, lejos de tender puentes, acentúan la brecha ideológica y pueden alentar los extremismos. La tesis de que la izquierda es inherentemente mejor que la derecha, se argumenta, resulta contraproducente y castiga a la ciudadanía, que demanda soluciones pragmáticas más allá de las trincheras partidistas.
A ese panorama de tensiones se sumó la advertencia lanzada por Gustavo Petro en una entrevista durante la cumbre: “Habrá rebelión si Estados Unidos no replantea su política con Latinoamérica”. El presidente colombiano, cuyo mandato concluye en agosto, sembró dudas sobre las próximas elecciones al condicionar su aceptación del resultado a la ausencia de fraude. Así, la cumbre de Barcelona exhibió tanto un arsenal de medidas fiscales como las fracturas que recorren el campo progresista, dejando abierta la incógnita de si la unidad retórica bastará para hacer frente a los populismos que denuncian.
Esta noticia ha aparecido en
5 medios · 2 idiomas · ventana 24 horas