Donantes prometen 1.500 millones de euros para Sudán en una conferencia que no logra acercar la paz
La cumbre de Berlín supera las expectativas de financiación humanitaria, pero la ausencia de las partes beligerantes aleja un alto el fuego a corto plazo.

La conferencia de donantes celebrada en Berlín el miércoles, al cumplirse el tercer aniversario del inicio de la guerra civil sudanesa, logró movilizar unos 1.500 millones de euros en ayuda humanitaria, una cifra que supera con creces las recaudaciones anteriores y el objetivo simbólico de mil millones de dólares fijado por los organizadores. En un contexto de retroceso global de los fondos de cooperación —apenas se había cubierto el 16% de las necesidades este año—, el monto comprometido por 55 países fue calificado por el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Johann Wadephul, como una «señal positiva». La Unión Europea y sus Estados miembros asumieron la mitad de la promesa, con Alemania anunciando más de 230 millones de euros.
La guerra, desatada el 15 de abril de 2023 por un choque entre el ejército y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido, ha sumido al país en lo que Naciones Unidas describe como «la peor crisis humanitaria del mundo». Más de doce millones de personas han sido desplazadas, decenas de miles han muerto y el hambre aguda afecta a veinte millones de sudaneses, dos tercios de la población. «La gente está agotada. Tres años de guerra nos han desgastado: perdimos el trabajo, los ahorros y toda sensación de estabilidad», declaró Amgad Ahmed, un residente de Omdurman que nunca abandonó su hogar. Para Canadá, que anunció 120 millones de dólares canadienses —la mayor parte para ayuda humanitaria—, Sudán es «una prioridad», en palabras de la ministra de Asuntos Exteriores, Anita Anand.
Sin embargo, la generosidad financiera contrastó con la ausencia absoluta de avances políticos. Los dos generales enfrentados, Abdel Fattah al-Burhan y Mohamed Hamdan Dagalo, no fueron invitados a la capital alemana, lo que, desde la óptica de analistas centroeuropeos, restó toda posibilidad de una negociación real sobre el terreno. El Reino Unido, que duplicó su ayuda hasta los 15 millones de libras esterlinas, instó a las partes a «cesar el derramamiento de sangre», pero admitió que un alto el fuego sigue siendo un objetivo lejano. Las iniciativas diplomáticas previas, incluidas las gestiones de la Unión Africana y los intentos de mediación en Yeda, han fracasado reiteradamente, y ambas partes acumulan acusaciones de crímenes de guerra.
La conferencia de Berlín reveló, así, una paradoja: mientras la comunidad internacional responde al drama humanitario con recursos —aunque aún insuficientes frente a una catástrofe que los medios europeos califican de «apocalíptica»—, la arquitectura de paz permanece vacía. Desde Bruselas se subrayó que sin una presión sostenida y un canal de diálogo que incluya a los actores regionales, como Egipto y Arabia Saudí, los fondos corren el riesgo de quedar atrapados en la maquinaria de una guerra sin fin. La reconstrucción posbélica, incluso si se lograra un eventual cese de hostilidades, requerirá un compromiso mucho mayor y la inclusión de países latinoamericanos y africanos con experiencia en procesos de paz, aunque por ahora esa dimensión está ausente del debate multilateral.
A tres años del conflicto, el horizonte sigue teñido de incertidumbre. La promesa de 1.500 millones de euros alivia momentáneamente la asfixia financiera de la respuesta humanitaria, pero la salida política sigue sin aparecer. Expertos en el Cuerno de África advierten que, mientras la comunidad internacional se limite a gestionar las consecuencias sin enfrentar las causas del conflicto —la pugna entre élites militares—, Sudán seguirá desangrándose en medio de la indiferencia global.
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