Sánchez insta a China a mayor apertura y a ejercer su influencia global para apaciguar conflictos

En su cuarta visita a Pekín en cuatro años, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha emplazado públicamente a China a asumir un papel más activo en la escena internacional. Ante una audiencia en la prestigiosa Universidad de Tsinghua, Sánchez urgió al gigante asiático a "haga más" para exigir el cumplimiento del derecho internacional y que cesen los conflictos, en una clara referencia a las guerras en Ucrania y Oriente Medio. En paralelo, lanzó un mensaje económico de calado: China debe "abrirse para que Europa no tenga que cerrarse", señalando el insostenible déficit comercial que lastra las relaciones.
Desde la óptica de Bruselas, esta visita se enmarca en la compleja búsqueda de la UE por reequilibrar su relación con Pekín, oscilante entre la rivalidad sistémica y la interdependencia económica. En este contexto, la percepción china de España como un "modelo" de diálogo positivo con el bloque europeo, amplificada por los medios oficiales durante la recepción de Sánchez, adquiere un valor estratégico. Para una Unión Europea sumida en debates sobre autonomía estratégica y desacoplamiento, Madrid aparece como un canal de comunicación viable.
Analistas en Madrid subrayan que el alegato multilateralista de Sánchez, ejemplificado con la historia del jesuita Mateo Ricci, busca capitalizar ese estatus de interlocutor privilegiado para abordar dos frentes críticos. Por un lado, aliviar las presiones económicas que sufre la industria española y europea mediante una mayor reciprocidad comercial. Por otro, presionar de forma diplomática, pero firme, para que Pekín utilice su influencia sobre Rusia e Irán. Esta postura refleja una visión latinoamericana extendida, que ve con escepticismo la polarización global y aboga por una gobernanza multilateral renovada.
En la capital china, la cortesía mostrada hacia Sánchez y la exaltación del vínculo bilateral como ejemplar no son gestos gratuitos. Pekín interpreta el acercamiento español como una validación de su narrativa sobre la cooperación win-win y una posible grieta en el frente occidental ante sus tensiones con Washington. La invitación a "aprender más" de España, según recogieron los medios, simboliza este deseo de proyectar normalidad y fortalecer alianzas dentro de una Europa fracturada.
Mirando hacia adelante, el éxito de esta diplomacia de puente promovida por Sánchez dependerá de su capacidad para traducir los llamamientos en concesiones tangibles. La petición de apertura comercial choca con el proteccionismo tecnológico chino, y la exigencia de un mayor activismo por la paz se topa con la doctrina de no injerencia de Pekín. El riesgo, observado desde diversas capitales europeas, es que el "modelo" español derive en retórica vacía si no logra alterar los cálculos estratégicos o el desbalance económico, dejando a la UE en la misma encrucijada de dependencia y desconfianza.
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