Europa se asoma a un declive poblacional sin precedentes en tiempos de paz
Mientras Francia proyecta perder 3,2 millones de habitantes para 2070 y regiones suecas se vacían, Alemania estabiliza su población con migración. Las respuestas locales van desde comisiones de emergencia hasta iniciativas de vivienda.

Desde París, las proyecciones del instituto estadístico Insee dibujan un horizonte que los demógrafos califican de «histórico» e «inédito»: Francia, que creció durante décadas incluso sin grandes olas migratorias, podría entrar en un declive persistente a partir de 2037. En su escenario central, el país pasaría de 69,1 millones de habitantes en 2026 a 65,9 millones en 2070, un retroceso de 3,2 millones de personas que no se explica por ninguna guerra en suelo europeo, sino por la combinación de una fecundidad insuficiente y un envejecimiento acelerado. Los análisis franceses subrayan que ese reflujo vendrá acompañado de una sociedad más anciana y étnicamente más diversa, lo que anticipa tensiones sobre el contrato social y el modelo de protección colectiva.
En el norte de Suecia, la crisis demográfica ya es un hecho cotidiano. El condado de Västernorrland perdió 3.096 residentes entre 2021 y 2025; el segmento de niños y jóvenes se redujo en 2.403 personas, mientras la población mayor de 65 años aumentó en 1.608. La consecuencia fiscal es directa: menos contribuyentes para financiar una demanda creciente de cuidados. Más al sur, en Karlskrona, la caída de más de cien habitantes desde noviembre del año pasado llevó a los principales partidos de oposición a reclamar una comisión temporal de población, conscientes de que cada pérdida vecinal erosiona la base tributaria y la viabilidad de los servicios públicos. Estos diagnósticos locales reflejan un patrón que se replica en numerosas regiones periféricas del continente.
Alemania ofrece un contrapunto matizado. Con una tasa de fecundidad de 1,35 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo de 2,1, su población solo se mantiene estable gracias a la inmigración. Los datos de la oficina federal de estadística situaron la cifra total en 83,5 millones al cierre de 2025, apenas 100.000 menos que un año antes, una estabilidad engañosa que oculta un envejecimiento progresivo. El debate sobre las naturalizaciones, reavivado en la arena política, revela la paradoja alemana: los beneficios demográficos de la migración son colectivos, pero los réditos electorales para quien los promueve resultan dudosos, una tensión que el canciller Friedrich Merz conoce de cerca.
Incluso en las zonas económicamente pujantes, la presión demográfica toma formas inesperadas. En Zúrich, la iniciativa cantonal de protección de la vivienda que se vota el próximo junio es, en el fondo, una respuesta al impacto de los flujos poblacionales sobre el mercado inmobiliario. La propuesta no se opone al desarrollo, sino que intenta proteger el hogar de los residentes al tiempo que permite las renovaciones necesarias, un equilibrio pragmático que ilustra cómo la agenda demográfica se cuela en los referendos locales.
Europa asiste así a un invierno demográfico de consecuencias económicas y políticas que apenas empiezan a calibrarse. Desde una mirada latinoamericana, donde varias sociedades aún gozan de un bono demográfico que se agota lentamente, estas tendencias proyectan un espejo incómodo: sin una combinación virtuosa de natalidad, migración ordenada y productividad, el Estado de bienestar que definió la segunda mitad del siglo XX podría volverse insostenible en la segunda mitad del XXI.
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