Hungría acude a las urnas: Orbán se juega su permanencia en el poder tras 16 años
Alta participación y un opositor en ascenso desafían 16 años de hegemonía iliberal; la UE y el mundo observan con expectación.

Los colegios electorales de Hungría registraron este domingo una participación histórica: a las once de la mañana ya había votado el 37,98% de los ciudadanos, casi el doble de lo registrado a la misma hora en 2022. Esta movilización sin precedentes refleja la trascendencia de unos comicios que son mucho más que una disputa doméstica: representan la primera posibilidad real de que el primer ministro Viktor Orbán, el líder más longevo de la Unión Europea, pierda el poder después de 16 años de hegemonía iliberal. Desde Bruselas hasta Washington, la cita electoral es seguida con la certeza de que su desenlace reconfigurará los equilibrios internos del bloque comunitario y la influencia de Budapest en la guerra ideológica global.
Orbán, que comenzó su carrera como joven liberal anticomunista en 1989, ha erigido un entramado institucional a su medida: una ley electoral diseñada para favorecer a su partido Fidesz, el control de la mayoría de los medios y un sistema clientelar que, según denuncias de medios europeos, ha multiplicado los escándalos de corrupción. La prensa estadounidense ha documentado cómo su pueblo natal, Felcsút, se ha convertido en un símbolo de los excesos, con un estadio de fútbol para 4.000 espectadores en una aldea de 1.800 habitantes. A ello se suma la creciente sospecha en Bruselas de que su ministro de Exteriores habría coordinado posiciones con Moscú durante las negociaciones europeas sobre Ucrania, mientras Budapest bloquea un préstamo de 90.000 millones de euros a Kiev.
Frente a esta maquinaria se alza Péter Magyar, un excolaborador de Orbán que rompió con el régimen y lidera la formación Tisza, de perfil conservador y europeísta. Las encuestas independientes lo sitúan por delante, pero analistas alemanes advierten que el sistema mayoritario y la manipulación de las circunscripciones podrían frustrar un vuelco electoral. En las calles de Budapest, donde la primavera estalla en tulipanes, muchos votantes expresan un sentimiento de urgencia: “Es nuestra última posibilidad de cambiar”, confiaban a la prensa italiana.
El desenlace interesa también en América Latina, donde el modelo iliberal húngaro ha inspirado a líderes que ven en Orbán un referente de soberanismo nacionalista. Si el primer ministro cayera, se desmoronaría uno de los pilares del eje que une a Moscú, Washington y la extrema derecha global. No obstante, incluso una derrota electoral no desmantelaría de inmediato la red de poder construida durante tres lustros: los magistrados, los órganos electorales y amplios sectores económicos siguen bajo control afín, lo que augura una transición compleja y una noche electoral cargada de tensión.
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